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Todo transcurre conforme a lo que dicta el plan del “centinela extranjero”.(1) Casi podría añadirse que el actual escenario se asemeja al de finales del siglo XX, cuando la sociedad venezolana decidió que la mejor opción era el cambio por la vía pacífica y democrática. Pero no es momento de hacer concesiones al pasado. Como declaró el Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana: “Todos debemos reconocer, con humildad, que llegamos al 3 de enero porque como sociedad, aunque lo intentamos por todos los medios que estaban a nuestro alcance… no encontramos un camino de actuación común”, y “por ello tuvo que intervenir un agente externo”.(2) Lo intentamos, pero no fuimos capaces. El momento nos exige más que un gesto de contrición. Es hora de pasar la página.
Hay que reconocer además, podría haber afirmado el monseñor Jesús González de Zárate, que el “agente externo” no desea otro Irak. A Dios gracias. En efecto, así reza el Departamento de Estado: “preferimos evitar el derramamiento de sangre, la inestabilidad y una guerra civil. Preferimos una transición pacífica, por lo que debemos colaborar con las autoridades interinas para implementar todas estas reformas y utilizar nuestra influencia para garantizar que avancen a buen ritmo”. La “influencia” es tal que, en realidad, la “colaboración” es mútua. No obstante, hay impaciencia, inconformidad, puede incluso que incomprensión: la transición avanza muy lentamente. Hay deseo de revancha.
En respuesta, el Departamento de Estado asume un tono condescendiente: reconoce que el tema de las reformas políticas “no ha recibido tanta atención como otros temas más destacados del ámbito económico, como los acuerdos petroleros, etcétera”, pero pide comprender que es necesario acompasar lo político con lo económico. Podría haber elecciones en el muy corto plazo, porque hay que admitir que “saben cómo organizarlas”, pero las actuales instituciones podrían desconocer los resultados. Afirma que está en vías de resolver este asunto, pero explica que hay otro mucho más importante y, por tanto, prioritario: “si quieres que un gobierno elegido democráticamente tenga éxito, no quieres que herede un apocalipsis económico que lo hunda. Porque habrá elecciones, todos estarán contentos, pero un mes después todos estarán enojados porque hay escasez de combustible, porque hay cortes de energía eléctrica”. Insiste: “si se quiere que un gobierno elegido democráticamente tenga éxito, no se le puede dejar con una calamidad económica, porque al final, por muy contenta que esté la gente por haber tenido elecciones, seguirá queriendo comer. Seguirá queriendo poder pagar sus facturas y seguirá queriendo que no haya apagones crónicos”.
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En adelante, hemos sido testigos de un curioso espectáculo: un ejército de analistas devanándose los sesos, intentando descifrar el misterio oculto tras aquellas palabras, algún indicio que permita adivinar cuándo habrá elecciones presidenciales. Es como ir por la calle y toparse con una pequeña multitud reunida en torno a uno de estos personajes vocingleros y rápidos de mano que ensaya el truco de los tres vasos y la bolita. Algo similar a lo que sucede cada vez que algún vocero imperial decide ensayar la frase: “Todas las opciones están sobre la mesa”. Siempre habrá quien apueste y pierda.
La respuesta es muy sencilla y no existe tal cosa como un misterio: habrá elecciones cuando el gobierno estadounidense así lo decida. El apostador nunca dará con la bolita, hábilmente escondida entre las manos de quien mueve los vasos. Pierde de antemano quien acepta que sea otro el que decida cuáles son todas las opciones.
Todo transcurre conforme a lo que dictan las pautas de la magia callejera: el “agente externo” actúa como si no tiene nada que ver con el “apocalipsis económico”, con la escasez de combustible, con los cortes de energía eléctrica, con la dificultad de la gente para comer, para pagar sus facturas, y nos dice que trabaja para crear las condiciones que nos permitan celebrar elecciones libres y justas. Actúa además para favorecer electoralmente a figuras políticas que, a su vez, actúan como si fueran ángeles que en su vida han roto alguno de los primeros cuatro sellos. Como colofón, nos ofrece la “oportunidad” de una “república duradera” cuando en realidad pretende negarnos la opción de existir como una verdadera república.
Puede ser cierto que Estados Unidos no desea otro Irak en Venezuela. Y puede discutirse sobre las verdaderas razones de ello. Ahora bien, lo importante aquí es que, a la hora de definir su objetivo, el Departamento de Estado no tiene problemas con ensayar su versión rústica y atropellada del Reino de Dios en la Tierra. Pero a la hora de hablar de opciones sobre la mesa, y por más que lo intente, no puede evitar mostrarse tal cual es: un “centinela extranjero” que actúa como fuerza regresiva. Opciones solo hay dos: “transición pacífica” o “guerra civil”. De una forma u otra se logrará el objetivo: la “transición democrática”. Entiéndase: Estados Unidos prefiere “evitar el derramamiento de sangre, la inestabilidad y una guerra civil”. Pero las cosas tienen que hacerse a su manera. «La democracia soy yo», nos dice el Departamento de Estado, al mejor estilo del bonapartismo decimonónico.
Si las cosas solo pueden hacerse a la manera estadounidense es porque está negada de antemano la posibilidad de que se hagan a la manera venezolana. Dicha negación supone, de por sí, un acto de violencia. Es la continuación de una guerra que inició sin previa declaración formal. Está en marcha, se nos dice, una “transición pacífica”, pero se violenta sistemáticamente la Constitución que refrendamos popularmente, bien por la vía de facto, bien mediante actos legislativos de contenido regresivo a pedido del “centinela extranjero”. Se trata de una violencia con dramáticos efectos materiales. Basta identificar cualquiera de los problemas fundamentales de la sociedad venezolana: el valor de su fuerza de trabajo, la situación de sus servicios públicos, la explotación de sus recursos naturales, etcétera. Cualquier decisión relacionada con alguno de estos asuntos se toma en resguardo de los intereses del gobierno estadounidense, de sus hombres de negocios y por supuesto de los hombres de negocios vernáculos alineados con este ejercicio de expoliación continuada.
No es que las cosas no se puedan hacer a la manera venezolana, esto es, anteponiendo los intereses de la nación, porque lo intentamos pero no encontramos un camino, y entonces debemos aceptar como una fatalidad, vistos nuestros errores y omisiones, la intervención externa, según ha dicho la Conferencia Episcopal. En realidad, el gobierno estadounidense no ha venido a resolver la situación. La “calamidad económica” fue, es y será: fue resultado, parcial pero decisivo, de su injerencia; es precondición para la intervención en marcha; y será la consecuencia del saqueo continuado de nuestras riquezas, de su control sobre nuestra economía en particular y de nuestras instituciones en general, es decir, de nuestra pérdida de soberanía.
La realidad venezolana desmiente cualquier relación de familiaridad con la retórica más bien propia del milenarismo utópico del Departamento de Estado, y se emparenta con la distopía, y eso en el mejor de los casos. Porque no puede ser sino distópica, cuando no simplemente cínica, una retórica que promete “transición democrática” a una sociedad que en consecuencia tendría que estar festejando el pronto advenimiento de la libertad, cuando los tercos hechos nos hablan de continuidad y profundización de la catástrofe pero con nuestros rostros, una vez se realicen elecciones“. ¡Oh, qué bello exterior puede revestir la falsedad!”.
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Y cuán engañosas pueden parecer las victorias populares cuando están en boca de quienes mercadean con la verdad histórica.
La retórica del Departamento de Estado, con sus referencias al “apocalipsis económico” del presente, vendría a ser la avanzada de la forma que ha asumido el relato que, en líneas generales, ha construido la derecha venezolana sobre la Revolución bolivariana: la de una escatología del pasado. El apocalipsis ya ocurrió y hoy dan cuenta de ello los sobrevivientes al horror.
Construir una sólida y genuina opción popular que nos permita recuperar nuestra condición de nación libre, soberana e independiente pasa por poner en su lugar a esta interpretación estacatólogica de nuestra historia reciente. Bajo el liderazgo de Hugo Chávez, la Revolución bolivariana ha podido ser muchas cosas: un tímido ensayo reformista, un prometedor experimento democrático arrasado a sangre y fuego por la oligarquía, un proceso ahogado bajo el peso de sus propias contradicciones. Antes al contrario, fue una experiencia exitosa, con resultados más que tangibles, con sus correspondientes luces y sombras.
Así, por ejemplo, entre 2003 y 2012, el porcentaje de hogares venezolanos en situación de pobreza pasó del 54% al 21,2%, mientras que el porcentaje de hogares en situación de pobreza extrema disminuyó del 25,1% al 6%. En 2012, la cantidad de personas subnutridas que se calculaba para 1990 se redujo a la mitad o más. Entre 1978 y 1999, el crecimiento anual del producto interno bruto por habitante se volvió negativo, a una tasa cercana al -2%. En contraste, el PIB per cápita se incrementó 58,1% entre 2003 y 2012. En 2012, el salario mínimo integral rondó los $644 y la nación registró el Índice de Salario Mínimo Real más elevado de Latinoamérica. También en 2012, Venezuela fue el segundo país menos desigual de la región (índice de Gini). El mismo año, Chávez aprobó una Ley Orgánica del Trabajo que restituyó la retroactividad de las prestaciones sociales, redujo la jornada laboral diurna a 40 horas semanales (8 horas diarias) y prohibió expresamente la tercerización o subcontratación de actividades permanentes.(3) ¡Cuánto horror!
En las antípodas del apocalipsis o la calamidad, el tiempo de la Revolución bolivariana bajo el liderazgo de Chávez significó para las mayorías populares la interrupción temporal de la catástrofe.(5) Y fue así, en buena medida, porque tuvo el acierto histórico de encarar el trilema: “qué producir, cómo producir y para quiénes producir”, esos que Domingo Alberto Rangel definió como “fundamentos inconmovibles de un orden económico”.(6) El mismo Ospina señalaba “cómo unas élites petroleras arrogantes e insensibles se paseaban por el mundo como jeques saudíes mientras el pueblo venezolano se hundía en la pobreza y en el desamparo. Nadie puede negar que esas élites fueron las que educaron al país en la lógica precaria de los subsidios y las que nunca hicieron esfuerzos serios por ‘sembrar el petróleo’, por convertir la riqueza petrolera en una economía diversa que estimulara el trabajo social y la iniciativa de la comunidad. Después le reclamarían a Chávez no haber hecho plenamente en diez años esa siembra y esa diversificación que ellos no intentaron en 50”. Hoy día, con una ligereza más bien digna de mejores propósitos, es común escuchar a voces de todo el espectro político haciendo exactamente el mismo reclamo.
Apelando a la necesidad de aprehender el signo de los tiempos, puede que intentando esquivar el difícil trance de ser señalados como especies políticas en vías de extinción, hay quienes argumentan que volver sobre la historia de la Revolución bolivariana equivale a vivir en el pasado. Ya nos advertía Walter Benjamin de los peligros que entraña nadar con la corriente.(7) Cepillar la historia a contrapelo significa hoy reunir la suficiente disposición de ánimo como para acometer una tarea imprescindible: narrar la trayectoria de una experiencia revolucionaria que supo ser la interrupción de la catástrofe y, quizá más importante aún, dar cuenta de su propia interrupción, cuya responsabilidad, dicho sea de paso, no puede recaer en Hugo Chávez.
La interrupción de la trayectoria progresiva de la experiencia bolivariana fue asumida por las mayorías populares como un hecho consumado hace una década. Negarse a la evidencia es un contrasentido, porque equivale a continuar gastando lo que ya no se tiene: una energía política descomunal. Otro tanto ocurrió con el tiempo: pretendiendo ganarlo, se desperdició una preciosa oportunidad histórica. Hoy la situación es otra muy distinta y la deuda acumulada es enorme.
Pronto habrá elecciones en Venezuela y habrá quienes festejen en las calles, consumándose así una transición que será realmente continuidad. Seguirán hablándole de democracia a un país al que le han arrebatado su libertad y una vez más se expresará la rabia popular. Las mayorías pelearán por invertir la situación, es decir, por poner las cosas en su sitio. Entonces celebrarán, esta vez sí, masiva y ruidosamente, y brindarán a la salud de aquellos que en su momento supieron reconocerse en “las hondas sabidurías, las malicias, las travesuras y las valentías del alma popular”. Es cuestión de tiempo. No hay truco de manos. Este es un pueblo que no ha dejado de luchar. Que suceda más tarde o más temprano dependerá, en buena medida, de la voluntad para ajustar cuentas con nuestra propia historia.
Artículo publicado originalmente en Huella del Sur
Referencias
(1) Antonio Gramsci. Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno. Nueva Visión, Madrid, 1980. Pág. 61.
(2) Leopoldo Puchi. El «tuvo que» de la CEV El Universal, 25 de octubre de 2026.
(3) Pobreza y pobreza extrema: Instituto Nacional de Estadística. Subnutrición: FAO. PIB per cápita: Alí Rodríguez Araque y Bernard Mommer. “Primer centenario de la Venezuela exportadora de petróleo”. Aporrea, 28 de noviembre de 2017. También: Malfred Gerig. La Larga Depresión venezolana. Economía política del auge y caída del siglo petrolero. Centro de Estudios para la Democracia Socialista, Trinchera. Caracas, Venezuela. 2022. Págs. 70-71. Salario mínimo integral: Reinaldo Iturriza López. El chavismo en el laberinto hegemónico (y una novedad histórica). Saber y poder, 16 de diciembre de 2021. Índice de Salario Mínimo Real: CEPAL.Índice de Gini: CEPAL. Prestaciones sociales, jornada laboral, subcontratación: Ley Orgánica del Trabajo, los Trabajadores y las Trabajadoras.
(4) William Ospina: Chávez: una revolución democrática. El Espectador, 9 de marzo de 2013.
(5) Reinaldo Iturriza López. Hipótesis sobre nuestro tiempo del ahora. Saber y poder, 19 de octubre de 2026.
(6) Domingo Alberto Rangel. Capital y desarrollo. Tomo I: La Venezuela agraria. Universidad Central de Venezuela. Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales. Caracas, Venezuela. 1969. Pág. 14.
(7) Walter Benjamin. Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Editorial Ítaca. México. 2008. Pág. 46.
