La última palabra
Al estruendo de las explosiones que sacudieron Caracas, La Guaira, Higuerote y Puerto Cabello la madrugada del sábado 3 de enero le siguió, como es natural, el desconcierto general. Una noche clara y despejada, adornada con luna llena, facilitó el infame espectáculo: durante una hora el fuego surcó nuestro espacio aéreo y fue a estrellarse, criminal e impunemente, en distintos puntos de la ciudad capital y la costa central, dejando a su paso una estela de muerte y destrucción, como confirmaríamos poco después. Un par de horas más tarde, la fuerza invasora se ufanaba al informar de lo afanado: había…
