Hipótesis sobre nuestro tiempo del ahora

Foto: Juan Barreto/AFP vía Getty Images

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En las notas preparatorias de su «Libro de los Pasajes», Walter Benjamin se refería a la superación de los conceptos de decadencia y progreso como dos caras de una misma moneda. En cuanto a este último, su crítica iba dirigida específicamente a la “forma burguesa de pensar”. Bajo su égida, el concepto de progreso “perdió muchas de las funciones críticas que lo caracterizaron desde un principio”. Este dejó de emplearse “como escala de medida de determinados cambios históricos” para comenzar a “medir la distancia entre un origen y un final legendarios de la historia”.(1)

En sus «Tesis sobre la Historia», Benjamin establece una relación entre el ascenso del fascismo y la “fe ciega” de los políticos socialdemócratas en este concepto de progreso, la confianza en su “base de masas” y “su servil inserción en un aparato incontrolable”. Esto lo escribe en un momento en que esos mismos políticos, “en quienes los adversarios del fascismo habían puesto su esperanza, yacen por tierra y refuerzan la derrota con su traición a la propia causa”. En consecuencia, se propone expresamente “desatar al que vive en el mundo de la política de las redes en que ellos lo han envuelto” (X).(2)

Benjamin intenta liberar de ataduras al que considera el “sujeto del conocimiento histórico”, que no es otra que “la clase oprimida misma, cuando combate” (XII). Porque para combatir es preciso escapar de las redes del “conformismo” en el que tan a gusto se siente una socialdemocracia que glorifica el trabajo y el “progreso técnico”, dejando a un lado la explotación de la clase trabajadora. Para los políticos socialdemócratas, lo importante “son los progresos del dominio sobre la naturaleza, no los retrocesos de la sociedad”, prefigurando así los “mismos rasgos tecnocráticos con los que nos toparemos más tarde en el fascismo” (XI).

De manera sumaria, la socialdemocracia hizo suya la idea de que “el progreso era, primero, un progreso de la humanidad misma (y no sólo de sus destrezas y conocimientos)”. Luego, “era un progreso sin término”. Por último, era un progreso “esencialmente indetenible”. Así, terminó presa de una representación del movimiento de la humanidad en la historia “como un avanzar por un tiempo homogéneo y vacío” (XIII).

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La nuestra no es una época decadente, en el sentido de que eso que la define no es aquello que nos separa de un futuro de progreso. Dicho esto, es igualmente cierto que el mismo concepto de progreso que fuera blanco de la crítica de Benjamin informa y ordena el discurso de los políticos en general. El discurso imperial nos habla de tres fases (estabilización económica, negociación política, elecciones libres y justas). El discurso de la clase gobernante nos habla de “un proceso de cambio político, económico y espiritual de reformas estructurales para el renacer de Venezuela, para el renacer de nuestra nación, para el renacer de nuestro pueblo”. El segundo discurso vendría a ser la “versión libre” del primero. Todo lo libre que se puede ser en un país que ha dejado de ser independiente.

Es un discurso que, en nombre de “una paz justa, duradera, con dignidad para todas las partes”, empatiza no con la nación, no con el pueblo, no con la clase oprimida que combate, sino con el vencedor. Si “quienes dominan en cada caso son los herederos de todos aquellos que vencieron alguna vez”, entonces “la empatía con el vencedor resulta en cada caso favorable para el dominador del momento“ (VII). “Al vencedor le corresponde el botín”, volvió a repetir Donald Trump durante la Asamblea General de Naciones Unidas, refiriéndose al petróleo venezolano.

Pero no es ese el único botín imperial. Trump, al igual que Netanyahu y sus cómplices, se pasearon por la ONU como en “cortejo triunfal”, avanzando “por encima de aquellos que hoy yacen en el suelo. Y como ha sido siempre la costumbre, el botín de guerra es conducido también en el cortejo triunfal”. Para Benjamin, ese botín “habla de bienes culturales”, los cuales “deben su existencia no solo a la fatiga de los grandes genios que los crearon, sino también a la servidumbre anónima de sus contemporáneos. No hay documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie” (VII). Cuando la clase oprimida combate, lo hace “por las cosas toscas y materiales, sin las cuales no hay cosas finas y espirituales”. Cuando el pueblo lucha, estas últimas cosas ya no son “un botín que cae en manos del vencedor” bajo la forma de cultura, sino que están presentes “en forma de confianza en sí mismo, de valentía, de humor, de astucia, de incondicionalidad” (IV). En consecuencia, cuando Trump declara en Naciones Unidas que está “trabajando con los líderes de Venezuela para crear un futuro mejor para el pueblo de Venezuela” y afirma que la agresión militar del 3 de enero demuestra que “no permitirá que haya ninguna amenaza contra Estados Unidos en ningún lugar del hemisferio occidental”, amenazando de hecho con utilizar su “poderío militar”, su intención es exhibir como botín el penoso statu quo de una nación que, temerosa y habiendo perdido la confianza en sí misma, ha aceptado las condiciones impuestas por el imperio. No será la primera vez que un documento de barbarie utilice el “futuro mejor” de un pueblo como señuelo.

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El nuestro no es un tiempo homogéneo y vacío, como pretende el relato de vencedores jactanciosos y amenazantes, conformistas y claudicantes. Pero de poco vale la certeza si no somos capaces de extraer las debidas consecuencias prácticas. Puesto que también es cierto que dicho relato, como ya hemos visto, prepara el terreno para el ascenso de nuevos fascismos o, como suele llamársele ahora, de la ultraderecha. No finjamos sorpresa: “El asombro ante el hecho de que las cosas que vivimos sean ‘aún’ posibles en el siglo veinte no tiene nada de filosófico” (VIII), reclamaba Benjamin.

El relato según el cual el progreso o un “futuro mejor” están a la vuelta de la esquina o su versión más conformista, según la cual, y dadas las circunstancias, la realidad simplemente ofrece la mejor versión que puede ofrecer, hace aguas por todas partes. Pero eso no es suficiente. El cínico comentario de Donald Trump: “La gente está feliz, está bailando en las calles”, apenas horas después de los terremotos del 24 de junio, fue respondido semanas más tarde por una mujer venezolana durante una protesta en el estado Cojedes por las constantes interrupciones del servicio eléctrico: “Dile al presidente Donald Trump que así bailamos los venezolanos”. No obstante, es muy probable que semejante manifestación de dignidad no alcance para impedir la anunciada privatización del servicio, vendida como panacea.

Quizá como reacción frente a la circunstancia inasimilable para algunos de la continuidad de la clase gobernante después del 3 de enero, se ha rutinizado el uso de la expresión “veintisiete años de tragedia”, que suele ir de la mano del señalamiento de culpables. El tiempo de la Revolución bolivariana trocado en tiempo homogéneo y vacío, solo que en este caso un tiempo de prolongada decadencia. Un oxímoron temporal: un interminable chasquido de dedos. Un tiempo sin accidentes, sin interferencias, sin puntos de inflexión. Un continuum de hechos trágicos. Un tiempo sin acontecimientos.

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Pero lo cierto es que la Revolución bolivariana hizo saltar el continuum de la historia, en la medida en que tuvo a las clases populares en combate como protagonistas. En realidad, significó la interrupción temporal de la catástrofe.

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Lo anterior es tan cierto como el hecho de que el nuestro es un tiempo no homogéneo y vacío, sino un tiempo saturado, sobrecargado. Es un tiempo en el que coexisten varios tiempos: es el tiempo lento de las clases populares y el tiempo vertiginoso de la contrarrevolución, que avanza a pasos agigantados, sancionando legalmente la reversión de los cambios progresivos del pasado revolucionario. Es el tiempo de Caracas y sus avisos luminosos y el tiempo suspendido y oscuro del resto del país. Es el tiempo de los salvos y el tiempo de la mayoría invisible. Es el tiempo de los privilegiados y el tiempo de los que fueron abandonados a su suerte.

No por casualidad sentimos con tanta frecuencia que el tiempo se detiene, como esperando el acompasamiento de tantos tiempos discordantes. Apuntaba Benjamin que lo “propio del pensar no es solo el movimiento de las ideas sino igualmente su detención”. En ocasiones, atravesando una “constelación saturada de tensiones”, el pensamiento “se para de golpe” (XVII). Con todo, es algo que no sucede de súbito. Más sencillo sería adoptar el tono grandilocuente de los jueces morales. En cambio, y frente “a una constelación de peligros que amenaza tanto a lo transmitido en la tradición como a su receptor”, la historiografía crítica “tiene que mostrar su presencia de ánimo”.(3) La que está amenazada es la tradición de los oprimidos. “El continuum de la historia es el de los opresores”,(4) mientras que la tradición de los oprimidos es su discontinuum. El peligro es “entregarse como instrumentos de la clase dominante”. Nos corresponde “hacer nuevamente el intento de arrancar la tradición de manos del conformismo, que está siempre a punto de someterla” (VI).

Nuestro propósito es apoderarnos del recuerdo de la Revolución bolivariana “tal como este relumbra en un momento de peligro” (VI). Hubo un tiempo en que la sola invocación del chavismo constituía un peligro para la clase dominante, y por tanto era tratado como un fenómeno cuasi innombrable. Hoy, restituido el continuum de la historia, el vencedor utiliza al chavismo para nombrar todo lo decadente. Nombrarlo todo para reducirlo a la nada. Dicho sea de paso, se entenderá que de nada sirve celebrar la actual catástrofe en nombre de Bolívar, Chávez y el mismo chavismo.

Ahora bien, no basta con un análisis limitado a la cuestión de la eficacia o no de estos relatos, lo cual es relevante, por supuesto, pero del todo insuficiente si, como ya advertimos, no extraemos sus consecuencias prácticas. Tal vez la principal de todas ellas es que se trata de relatos que, en el mejor de los casos, intentan traducir una realidad muy difícil de representar. Por muchas razones: porque se trata de una sociedad que ha experimentado sucesivos y duraderos traumas durante la última década; porque vivimos una época de profunda crisis de representación política, que se manifiesta no solo como descrédito de los políticos, sino principalmente como firme renuencia de las clases populares a reconocerse en identidades que ya no les dicen nada, en tanto que hace mucho dejaron de expresar sus intereses; porque formar parte de una nación que ha perdido su independencia, conquistada a sangre y fuego hace más de doscientos años, es una circunstancia que se aproxima a lo inasimilable. Como pocas veces en nuestra historia, y puede que como nunca antes, este conjunto de circunstancias ha producido lo que René Zavaleta Mercado definía como “un estado de vacancia ideológica, es decir, un vacío en la representación del mundo”.(5) Dicho de otra forma, “existe un desplazamiento ideológico de grandes proporciones, es decir que hay un vuelco sustitutivo y, por un momento, la masa tiene el alma vacante”.(6)

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La imagen es sin duda potente y la pregunta resulta obvia: ¿qué representación del mundo suplirá ese vacío? Es en este punto donde la advertencia de Walter Benjamin fulgura como un relámpago en nuestro tiempo presente: el éxito del fascismo consistió en atender el llamado a colmar ese vacío en el alma del pueblo alemán. Pero también hemos visto que para Benjamin el ascenso del fascismo estaba muy lejos de ser una fatalidad. Nada más alejado de su concepción de la historia. Antes al contrario, su propósito era transmitir a la clase oprimida claves que le permitieran liberarse de las redes del conformismo. Siempre hay alternativas. La imagen de Zavaleta Mercado puede resultar eficaz para aprehender la realidad solo si se comprende que el alma de los pueblos no es un recipiente. Ella puede estar disponible o, para emplear la expresión del mismo Zavaleta Mercado, puede estar en situación de “disponibilidad ideológica”.

Por tanto, no existe tal cosa como el alma vacía del pueblo venezolano: ella está vacante en el sentido de que experimenta un vacío en su representación del mundo, en este caso por saturación ideológica. El nuestro es un tiempo pesado. Como en el Zaratustra de Nietzsche, nuestras clases populares están atravesando un desierto, como bestia de carga, llevando todo el peso de los valores establecidos. El pueblo venezolano necesita aligerar la carga. Necesita reencontrarse consigo mismo. Nietzsche escribía sobre las tres transformaciones del espíritu: este se convierte en camello, el camello en león, el león en niño. El camello la bestia de carga, el león la libertad y el niño un nuevo comienzo.(7) No hay versión del relato dominante que no ofrezca este último: un “futuro mejor”, una Venezuela que renace. Es un relato que no produce eco porque la realidad de las clases populares es un desierto. Porque el pueblo venezolano sigue soportando toda la carga. Porque primero tiene que haber libertad para que haya un nuevo comienzo.

Se comprenderá por qué las mayorías populares consideran una pérdida de tiempo las discusiones que hoy distraen a las identidades políticas minoritarias, que las son todas sin excepción: porque las consideran una carga adicional. No habrá política con eficacia y calidad revolucionaria hasta tanto no se asimile lo que está ocurriendo en el seno del alma popular.

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En su «Meditación alemana», Mariano Picón Salas, el gran ensayista venezolano, dejó testimonio de su paso por la Alemania enseñoreada por el fascismo: “La incontinencia y el exceso alemán, su oscura tenacidad sin objeto, una como psicosis persecutoria, impregnan todas las manifestaciones públicas y posibles del espíritu nazista”. Nada menos que a Nietzsche recurrió entonces para ofrecer el necesario contraste con aquella realidad casi inenarrable: “Era en el último tercio del siglo xix cuando los cañones que habían tronado en Sedán, la gorda comodidad de la burguesía, el materialismo científico y la ilusión de una cultura popular, adormecían al hombre europeo en un sueño de falsa potencia. Cubierto con la grasa de su optimismo vulgar, crédulo en el Progreso indefinido… se estaba petrificando el mundo. De la montaña, de su retiro alpino, donde todavía es limpio el aire, baja el nuevo profeta con su lección heroica e intelectual”. A propósito de la pretensión de los nazis de apropiarse de la figura del filósofo alemán, preguntaba el venezolano: “¿Qué habrá pensado Nietzsche de esa como falseada devoción que ahora le profesan los detentadores del poder en Alemania? La desgracia de todo profeta es que encuentra su antiprofeta, su Anticristo”. Y concluía con estas palabras: “‘Cuidado en confundir la fuerza con la ilusión de la fuerza; cuidado en confundir lo eterno con lo temporal’, seguía diciendo Federico Nietzsche. ‘Al culto de la fuerza —afirma su «Gaya Ciencia»— hay que oponer como complemento y remedio el de la Cultura’. Y cuando el triunfo contra Francia en 1870 enceguecía de orgullo y de cerrada pasión nacionalista el alma de sus compatriotas, ofrecía unas palabras que setenta años después tornan a ser actuales: ‘Es en este momento —escribía— cuando Alemania necesita de luchadores’”.(8)

Frente a la barbarie, armarnos de cultura, tal y como ella se expresa en el combate popular: como confianza en nosotros mismos y en nuestra propia fuerza, como valentía, humor, astucia e incondicionalidad con la memoria de quienes yacen enterrados en esta nuestra tierra.

Referencias

(1) Walter Benjamin. Libros de los Pasajes. Ediciones Akal. España. 2007. Págs. 463, 479, 480-481.

(2) Walter Benjamin. Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Editorial Ítaca. México. 2008. Pág. 45. En adelante, y para facilitar la lectura, se identifica entre paréntesis el número de la tesis que estamos trabajando.

(3) Walter Benjamin. Tesis sobre la Historia y otros fragmentos. Pág. 94.

(4) Walter Benjamin. Tesis sobre la Historia y otros fragmentos. Pág. 80.

(5) René Zavaleta Mercado. Notas sobre la cuestión nacional en América Latina, en: Obra completa II. Plural editores. Bolivia. 2013. Pág. 542.

(6) René Zavaleta Mercado. Bolivia: algunos problemas acerca de la democracia, el movimiento popular y la crisis revolucionaria, en: Obra completa II. Plural editores. Bolivia. 2013. Pág. 506.

(7) Friedrich Nietzsche. Así habló Zaratustra. Alianza Editorial. Madrid, España. 2003. Págs. 53-55.

(8) Mariano Picón Salas. Meditación alemana, en: Viejos y nuevos mundos. Biblioteca Ayacucho. Caracas, Venezuela. Págs. 353,354,355.

Artículo publicado originalmente en Venezuelanalysis

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