
Venezuela ha ganado el campeonato del Clásico Mundial de Beisbol 2026, derrotando al seleccionado estadounidense 3 carreras por 2, y por eso hoy somos de nuevo esa felicidad que no pide permiso. Esa felicidad posible a la que no saben apostar los que se conforman con la miseria de las probabilidades y prefieren jugar a lo seguro. Somos la felicidad que está más allá del marketing y de las pantallas gigantes de último minuto. Somos la felicidad de los millones que vimos todos los juegos en la sala de nuestras casas, en la casa de algún amigo, en la pantallita del trabajo, en un barcito de mala muerte, a las puertas de una licorería, en la plaza del pueblo. Somos los que sufrimos y maldecimos y gritamos y lloramos de alegría porque este es un juego que es mucho más que un juego, y si usted no verbaliza eso que le atraviesa el pecho puede morir en el acto.
Somos los que sabemos de pelota y porque sabemos, sabemos que la experiencia de la pelota venezolana no se agota en los partidos Caracas versus Magallanes, que tanto pueden brindarnos cátedras de buen beisbol como atraer a los personajes más pintorescos, esos que van al estadio a emborracharse y a tirarse selfies, y juran que el beisbol venezolano es como lo pinta algún ridículo vídeo de Rawayana. Somos los que sabemos que el beisbol es León y es Navegante, pero también es Tiburón y Cardenal, Tigre y Águila, Bravo y Caribe. El Caribe es mucho más que la playa y la rumba, mijo, es una manera de jugar al beisbol. Es una actitud ante la vida.
Por eso tú ves a esos muchachos peloteros deseosos de jugar en Venezuela, porque lo que se vive aquí, la pasión con la que se juega aquí, la presión con la que hay que jugar aquí, eso no se compara con la experiencia de jugar beisbol profesional en el Norte. Claro que sí, jugar en las Mayores es la meta, pero la pelota caribe es el punto de partida. Ese beisbol hermoso que vimos en el loanDepot es beisbol caribe.
Ahora que, a propósito de nuestro campeonato, hay un montón de comentaristas “descubriendo” lo que significa el beisbol para el pueblo venezolano (porque tú sabes, el Clásico es un “cultural showcase”) y, además, intentando “explicarlo”, es oportuno aclararlo: ese ambiente electrizante en Miami tenía muy poco que ver con la localidad (con su desfile de influencers, artistas y socialités intentando robarse el show) y mucho que ver con el hecho de que estábamos frente a un grupo de muchachos deseosos de jugar por Venezuela.
¿Por qué ahora y no antes el campeonato? ¿Por qué tuvimos que esperar seis ediciones del Clásico? Más allá de aspectos técnicos o de otra índole (el excelente desempeño de Omar López), más allá incluso de circunstancias fortuitas, que siempre pesan, tal vez tenga que ver, precisamente, con la existencia de un puñado de muchachos perteneciente a una nueva generación de estrellas que decidieron ir a contracorriente y, desde hace unos pocos años para acá, dejaron de poner excusas y vinieron a jugar a Venezuela.
Se había hecho una triste costumbre que una vez que el pelotero nacional se establecía en Grandes Ligas dejábamos de verlo jugar en la nuestra, una circunstancia normalizada por analistas, comentaristas, expertos e incluso por una parte de la fanaticada, esa que no pierde oportunidad para pontificar contra el beisbol “romántico”, porque el beisbol es fundamentalmente un negocio.
¿Por qué esta suerte de “retorno” a nuestros estadios? ¿Qué está pasando por la cabeza de estos muchachos? ¿Qué es eso que los inspira? Bien sabemos que no es el lucro. En suma, ¿qué significa hoy día eso de jugar por Venezuela? Quizá signifique simplemente que Venezuela es un país por el que vale la pena jugársela.
En algún punto durante la última década tocamos fondo y llegamos a sentirnos abandonados a nuestra propia suerte. Nadie estuvo allí para nosotros. Tal vez estos muchachos se hartaron de ver a su patria cabizbaja y humillada.
A estas alturas, un periodismo deportivo digno de llamarse tal tendría que haber indagado en el asunto. Tal vez estos muchachos descifraron lo que hay de continuidad entre un discurso que subraya nuestra inferioridad, nuestra minusvalía, con la retórica de esos analistas que hasta hace muy poco subrayaban la inferioridad del equipo venezolano. Esa actitud desafiante e incluso temeraria dentro y fuera del terreno de juego era clara señal de que había deudas pendientes que cobrar. Pero la principal era la deuda que teníamos con nosotros mismos: aquí nadie nos va a respetar si no nos respetamos a nosotros mismos.
Por eso, antes que nada, es una victoria de Venezuela y no de Latinoamérica, como apuntaba Maikel, aunque bien sabemos que es una victoria que trasciende nuestras fronteras.
El talento siempre estuvo allí. Lo que hizo la diferencia esta vez es que estos muchachos redescubrieron la alegría que produce jugar por una causa que va más allá de lo estrictamente deportivo. Esa alegría desbordante en el dugout logró contagiar a ritmo de tambor a todo un país. En algún punto comprendimos, tal vez en el juego contra Japón, que iban en serio: no eran solo tambores festivos, eran también tambores de guerra. Estaban decididos a recuperar lo suyo, es decir, lo nuestro: un poco de dignidad.
Y henos hoy aquí, convertidos de nuevo en esta felicidad que no pide permiso, a lo que habría que sumarle el orgullo que produce ganarle en propia casa a unos gringos que se creen dueños del mundo, y a los que demostramos que en el terreno de juego los que mandamos somos nosotros, como pronto mandaremos plenamente en casa nuestra.

Más allá de entender a profundidad este deporte, sí comprendo y comparto la carga de sentimiento que expresan estás líneas. El orgullo de ser, y sobre todo de SER VENEZOLANO no tiene precio, ni fronteras y tiene el poder de alcanzarnos sin importar las latitudes. Fraterno abrazo para usted, y para cada uno de esos » muchachos» como usted los llama, por traer en estos momentos, una carga imbatible de dignidad y orgullo a todos nosotros.
«Lo que más me impacta de la victoria de ayer no es solo el marcador, sino la cultura de cohesión que se proyectó desde la fanaticada hasta los que profundizamos poco en el juego .Venezuela demostró que el éxito es un fenómeno sistémico: cuando existe un propósito compartido, cada jugada individual se vuelve sagrada. Detrás de ese triunfo hay una cultura de fe en el método que, si logramos transpolar a nuestra gestión diaria, nos haría técnica y moralmente invencibles.»
Execelente reporte, muy completo y verás, debemos realzar nuestro orgullo venezolano que muchos agoreros pesimistas han logrado disminuir con sus comentarios de poca fé en nuestros deportistas,
Viva Venezuela siempre vencedora!
Todo muy coherente e hivanado para, al final, ponerla. Serà usted quien no manda en su casa !
Hermoso artículo Reinaldo. Comparto tu alegría y el reconocimiento del valor que representa esta victoria, para elevar nuestra autoestima con estos jóvenes, con el sentimiento a flor de piel, más allá de la pelota. Para comprobar que somos y seguiremos siendo una Patria Vergataria.
Un abrazote mi querido sobrino.
Venezuela es nuestra patria, por la que vale la pena el mayor y mejor esfuerzo. Y qué bueno que hemos ganado el Clásico Mundial de Béisbol venciendo un sinfín de dificultades dentro y fuera del terreno de juego, y que le hemos ganado a los propios yankis en su Gringolandia. Gracias, Reinaldo, por crear y compartir tan valioso contenido.