La última palabra

Foto: Sandra Iturriza

Al estruendo de las explosiones que sacudieron Caracas, La Guaira, Higuerote y Puerto Cabello la madrugada del sábado 3 de enero le siguió, como es natural, el desconcierto general. Una noche clara y despejada, adornada con luna llena, facilitó el infame espectáculo: durante una hora el fuego surcó nuestro espacio aéreo y fue a estrellarse, criminal e impunemente, en distintos puntos de la ciudad capital y la costa central, dejando a su paso una estela de muerte y destrucción, como confirmaríamos poco después. Un par de horas más tarde, la fuerza invasora se ufanaba al informar de lo afanado: había procedido al secuestro del Jefe de Estado, Nicolás Maduro, junto a su señora esposa, Cilia Flores.

Una semana después, es oportuno dejar constancia de la reacción popular durante las primeras horas de la mañana del sábado, consumado el ultraje imperial: en las calles, tranquilidad, silencio expectante y sensación de duelo. Un silencio difícil de traducir, de allí el imperativo de intentarlo, aun a riesgo de equívocos.

No el silencio cómplice de quienes esperaban tal desenlace u otro similar. No el silencio cauteloso de quienes seguirían, tal vez, a la espera de nuevas noticias para disponerse a celebrar. Tampoco, hay que decirlo, el silencio de quienes aguardarían ansiosos el llamado a las armas. De todo lo anterior habría, sin dudarlo. Pero el clima general describía algo más parecido al duelo por la Patria humillada. Duelo por nuestros muchachos asesinados en el cumplimiento de su deber. Duelo porque las cosas no han debido ocurrir de esa manera.

Puede que se trate del duelo que asiste a cualquier pueblo como un derecho inalienable, al persuadirse de que en la peor de las horas su destino no está en sus manos.

Una tranquilidad, un silencio y un duelo que, lejos de significar consentimiento con lo ocurrido, nos hablan de una disconformidad raizal que no encuentra vías de expresión.

Hoy, cuando se multiplican, como corresponde, los reclamos y las exigencias por la soberanía ultrajada, tendríamos, como mínimo, que dedicar el tiempo necesario a intentar comprender ese silencio del depositario de la soberanía. Algo similar cabe decir de los necesarios llamados a la unidad: no será la primera vez que unos pocos hagan llamados a la unidad de unos pocos, dejando al margen a las mayorías. No es tiempo de reprimendas para quienes formulan preguntas y demandan respuestas. No es tiempo de cálculos ingenuos y cínicos. En un momento tan crucial de nuestra historia como República no podemos permitirnos el lujo de tales acciones y omisiones.

Los hechos más recientes nos demuestran que no siempre es verdad aquello de que quien calla otorga. Puede otorgar el que mucho habla y puede callar el que no está dispuesto a otorgar. Calla este último porque no hay quien escuche.

Habla Donald Trump y no para de hablar. Vocifera, creyéndose dueño del mundo. Habla y habla hasta que golpea, no para volver a hacer grande su país, sino porque no volverá a serlo. Golpea, creyéndonos tan pequeños como para celebrarle el gesto. El “nuevo género humano” que somos, diría Simón Bolívar, lo mira de reojo.

También hablan los números: tras la invasión, los mercados reaccionan eufóricos, aumentan las acciones de las petroleras, la Bolsa de Valores de Caracas está de fiesta. Mientras tanto, puede usted estar muy seguro, no hay celebración ni hay más dinero en los bolsillos de las mayorías populares.

Y sin embargo, lo que predomina es la tranquilidad. Una cierta “mansedumbre”, para decirlo con Alfredo Maneiro. Porque la agresión imperial ha ocurrido, no por casualidad, en una coyuntura histórica en que está ausente el tempestuoso protagonismo popular, a diferencia de abril de 2002, cuando la dictadura apoyada por el gobierno estadounidense sucumbió en menos de cuarenta y ocho horas. Porque una ola ha pasado, y otra, y otra, y las gotas de agua que estarán en la cumbre de la próxima ola hoy yacen en el seno que la separa de la ola precedente. El pueblo venezolano ocupa el lugar del agua mansa, que es quietud aparente: “Si alguien quiere descubrir en esta apariencia los gérmenes de una Venezuela posible, distinta y futura, tendrá que apartarla y buscar debajo. Siempre ha sido así, siempre ha sido cierto que la hora más negra de la noche es la que precede a la aurora”.

En esta mala hora en que los pueblos (también el hermano pueblo cubano) lloran a sus muertos, pueden llamarlo como quieran: “mantenerse en calma”, “transición” o “estar al mando de Venezuela”. El pueblo venezolano tendrá la última palabra y volverá a estar en la cumbre de la ola.

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