Venezuela: Los sonidos del silencio

Foto: Rome Arrieche

Partir del supuesto de que el pueblo chavista se limitó a atestiguar atónito, silente, impotente y pasivo lo acontecido durante la última década, a saber, el deterioro progresivo de la democracia, el empate catastrófico entre las fuerzas políticas en pugna y el más reciente arbitraje de un “centinela extranjero”,i constituye un grave error de juicio político.

En nuestro criterio, tres fenómenos o circunstancias permitirían comenzar a comprender cómo es que ha terminado produciéndose, en tal período de tiempo, el desplazamiento o la retirada del sujeto popular como protagonista de la política.

Desafiliación

El primero de ellos es el proceso de desafiliación política. Suerte de tabú para la clase gobernante, y en consecuencia un fenómeno poco o nada analizado por quienes serían, en teoría, los principales interesados en desentrañar sus causas más profundas, describe la lenta pero progresiva renuencia de las clases populares a seguir reconociéndose en la identidad política.

Dicho fenómeno no debe confundirse con la conversión en política: el desafiliado no renuncia a la identidad política para abrazar cualquier otra, y mucho menos la identidad hasta entonces antagónica. Nos atreveríamos a afirmar que el desafiliado no renuncia a unos valores o principios, a una ideas-fuerza, a una memoria militante. Antes al contrario, renuncia a una identidad cuyos símbolos y lenguaje político están férreamente monopolizados por un liderazgo que, según su valoración, está lejos de encarnar aquellos principios, etc.

De manera similar a lo que sucedía con el fenómeno del hastío por la política en tiempos de Hugo Chávez,ii la desafiliación no traduce principalmente desilusión o desesperanza, sino desencuentro, contrariedad, conflicto. La renuncia a la identidad, al menos en principio, no significa renunciar a la lucha política. El desafiliado quiere pelear. Pudiera afirmarse, incluso, que su renuncia no es un gesto definitivo: hay un compás de espera. Lo que espera es que el liderazgo rectifique: es lo suficientemente paciente como para otorgarle a este último el beneficio de la duda. La desafiliación es la resultante del desencuentro con un liderazgo que es percibido popularmente como titubeante, poco beligerante, acomodaticio, que evade el conflicto o pretende dirimirlo con métodos poco democráticos.

Nada de lo anterior es comprensible, por supuesto, cuando se pone toda la carga de la prueba en las clases populares desafiliadas, y se interpreta el fenómeno (cuando se reconoce su existencia) de manera negativa, esto es, cuando se traduce como debilidad y no como correspondería: como signo de vitalidad política de vastos contingentes de desafiliados que demandan, como es su derecho y su deber, que la identidad política no muera de mengua, como consecuencia de la inercia y la inconsecuencia. Quienes comparten esta valoración negativa del fenómeno, y muy a pesar de la probada ineficacia política de semejante práctica, incurren a su vez en la glorificación de la lealtad y la irreductibilidad de una base militante que, paradójicamente, no deja de disminuir en tamaño y está cada vez más aislada de su entorno.

Pasivización

El segundo fenómeno, el de la pasivizacióniii del proceso bolivariano, está estrechamente relacionado con el primero. La pasivización es lo que ocurre cuando se interrumpe, en mayor o menor medida, el proceso de interpelación mutua entre el liderazgo político y las clases populares, imponiéndose la conducción “desde arriba” del proceso, anulando el protagonismo popular e induciéndolas a la pasividad política.

Para evitar discusiones innecesarias, digamos de una vez que este fenómeno de la pasivización reviste alcance universal: no es solo que ningún proceso de cambios revolucionarios ha estado exento jamás del riesgo de pasivización, sino que todos, sin excepción, lo han padecido de una forma u otra, con consecuencias más o menos graves dependiendo de las singularísimas circunstancias históricas de cada experiencia concreta.

En el caso específico venezolano, se pueden referir varios episodios que ilustran la situación. Así, por ejemplo, en 2005, es decir, en un contexto de movilización y politización de las clases populares casi sin precedentes en nuestra historia, Hugo Chávez tomó la decisión de subsumir toda iniciativa de organización política de las bases en la figura de los consejos comunales. Interpelación popular mediante, muy pronto se daría cuenta de su gravísimo error y procedería a enmendar.iv De haber persistido en tal decisión, la consecuencia inevitable habría sido el progresivo encuadramiento de una descomunal energía política popular a la que, en lugar de encauzarla, había que darle rienda suelta, esto es, lo que correspondía era resolver el problema de la organización política de las clases populares sin sacrificar su capacidad de iniciativa. Lo anterior constituye un buen ejemplo en dos sentidos: por una parte, es un episodio que demuestra cómo, incluso con la mejor de las intenciones, pero apelando a un cálculo político errado, se pueden crear las condiciones para la pasivización de un proceso de cambios en un contexto de auge de las luchas populares; por otra parte, nos permite ver cómo puede conjurarse el riesgo de pasivización mediante la oportuna rectificación política.

En idéntico sentido puede referirse la pertinaz lucha de la burocracia política por controlar los consejos comunales y la férrea resistencia de las comunidades organizadas en el territorio; la creación del PSUV y la tensión permanente con las iniciativas populares de autogobierno. Es decir, fuerte tendencia a la pasivización, por un lado, y permanente contestación popular, por el otro. Entre las decisiones políticas de gran calado histórico adoptadas por el liderazgo en procura de neutralizar esta tendencia a la pasivización podríamos mencionar, adicionalmente, al menos tres: a comienzos de 2008, el impulso de la creación de Comunas tras la derrota de la propuesta de reforma constitucional; en enero de 2010, el documento «Líneas Estratégicas de Acción Política»,v elaborado por el mismo Hugo Chávez, y que perseguía la rectificación política a lo interno del partido; en octubre de 2011, la creación del Gran Polo Patriótico, espacio que buscaba aglutinar no solo a los partidos políticos aliados, sino a las más diversas expresiones del movimiento popular.vi

Insistimos en el punto: episodios similares se repitieron una y otra vez en tiempos de Chávez, y en cada ocasión tuvo lugar un intenso debate que, naturalmente, no fue bien recibido por las facciones o los elementos más conservadores del movimiento. En todo caso, dichos debates forman parte de un rico acervo político e intelectual que estamos obligados a preservar, mucho más en estos tiempos de negacionismo histórico.

Descartada la novedad del fenómeno, ¿qué cambió durante la última década? A partir de 2016, el proceso de desafiliación política, claramente expresado en la derrota electoral del chavismo en las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015, coincidirá con una fuerte tendencia a la pasivización por parte de la clase gobernante. Tal coincidencia de fenómenos significará un importante y a la postre decisivo punto de inflexión del proceso bolivariano. De manera muy sumaria, quedará en evidencia la distancia, en principio no insalvable, entre la exigencia popular de rectificación y la respuesta oficial. El voto castigo de una parte de la base social del chavismo será respondido con recriminaciones públicas del más alto liderazgo, lo que profundizará, en lugar de sanar, una herida abierta y lacerante. Tan pronto como durante los primeros días de enero, la clase gobernante hará pública una política de acercamiento con fracciones de la burguesía. En retrospectiva, resulta realmente cuesta arriba no concluir lo que entonces apenas intuíamos: el liderazgo oficial había decidido asumir la pérdida de apoyo popular como un hecho consumado y se aprestaba a intentar recomponer por arriba un bloque de fuerzas recién fracturado por abajo.

Dicho de otra manera, en un contexto de creciente malestar popular, a partir de entonces y a lo largo de los últimos diez años, la clase gobernante procederá apelando a la pasivización y el encuadramiento de su base social de apoyo, procurando la cooptación y disciplinamiento de las iniciativas de organización popular con mayor potencia, arraigo en el territorio e importantes niveles de autonomía y legitimidad. En el peor de las casos, optará por la criminalización de las demandas populares. En consecuencia, se acentuará el proceso de desafiliación política y se ensanchará cada vez más la brecha entre las clases populares y la clase dirigente. De manera paralela, continuará el acercamiento con fracciones de una burguesía que no dejará de celebrar la orientación de la política económica de corte ortodoxo monetarista adoptada en septiembre de 2018, la retirada del Estado de su rol reglamentador de la economía y la inacción oficial en materia de derechos laborales.vii

Autocontención

A la desafiliación política y la pasivización viene a sumarse un tercer fenómeno, menos explorado aún, y que podríamos denominar de autocontención política. Si los dos primeros pueden considerarse como procesos que transcurren, al menos en lo fundamental, en el seno del chavismo, aunque con profundas implicaciones para el resto de la sociedad, la autocontención remite a la respuesta del conjunto de la base social del chavismo frente a la violencia antichavista.

Quizá el principal obstáculo para la identificación de este fenómeno lo constituye un relato de elites que antes incluso de su primera victoria electoral, en diciembre de 1998, ya asociaba al chavismo con la violencia. Se trata de un relato que no cesó nunca en su empeño deliberado por trocar víctimas por victimarios, aun a pesar de toda la evidencia histórica en contra: en lo que va de siglo, no puede contarse una sola coyuntura signada por la violencia, en la casi totalidad de los casos de vocación abiertamente insurreccional, que no haya sido atizada por la clase política antichavista.

En todo caso, lo que nos interesa resaltar es que en cada coyuntura, muy a pesar de la realidad que dibuja el relato de elites y contra la costumbre de la clase política antichavista, el conjunto de la base social de apoyo al proceso bolivariano no solo evitó la autovictimización, sino que actuó como fuerza de contención política. Esta decisión, que en principio pudiera parecer instintiva, esto es, algo similar a una reacción motivada por la necesidad de supervivencia política, en realidad entraña un cálculo bastante racional: es un hecho que tanto en 2014, cuando sin duda todavía constituía la principal fuerza política del país, pero sobre todo en 2017, cuando más cerca estuvimos de una guerra civil y cuando la desafiliación y la pasivización comenzaban a hacer mella, y todavía en 2019, apelando a una energía que parecía apaciguada y que rebrota en situaciones límite, el chavismo popular hizo cuanto estuvo a su alcance para evitar que se produjera un desenlace por la vía violenta.

Tras el estrepitoso fracaso del experimento Guaidó, es decir, cuando en teoría estaban dadas las condiciones para volver caras y avanzar en pos de la resolución de sus problemas más urgentes, el chavismo de base se encontró en una suerte de callejón sin salida: debilitado tras años de desafiliación y pasivización, extenuado tras el ingente esfuerzo que significó concentrarse en la contención política, tras años de asedio económico imperialista, acusando los estragos de la hiperinflación y soportando sobre sus hombros todo el peso de la política económica, se topó de frente con una clase gobernante actuando como fuerza de contención frente a cualquier reclamo popular, por más legítimo que fuere, comenzando por la exigencia de salarios dignos; circunstancia esta última que, por más desconcertante que resultara, no indujo la pasividad de las clases populares, sino que se tradujo en mayor desafiliación política, la cual fue respondida invariablemente con mayor cooptación o criminalización, y así sucesivamente.

Los sonidos del silencio

En síntesis: durante la última década el pueblo chavista hizo todo lo posible para evitar adentrase en la calle de sentido único en que terminó convertida la política venezolana. Transmitió múltiples señales de vitalidad política, exigió rectificación, respondió contrariado ante lo que juzgó como flagrante incoherencia entre lo dicho y lo hecho, actuó con disciplina e inteligencia en los momentos más difíciles, resistió cuanto pudo los intentos de disciplinamiento. A partir de algún punto, el grueso de nuestras clases populares había decidido desafiliarse. Pero renunciar a una identidad no significa echar al traste todo un universo cultural y político. Lo político trasciende con creces el estrecho mundo de las declaraciones, acciones y omisiones oficiales y oficiosas.

Cuando se llega a comprender esto último, el campo de visión aumenta exponencialmente. Estamos más dispuestos a poner en tela de juicio nuestras posturas preconcebidas. Si dejamos de aproximarnos a la realidad venezolana como quien busca validar las peores hipótesis y, en lugar de ello, permitimos que esa misma realidad nos interpele, muy pronto nos descubriremos revisando a fondo la manera como nos planteamos el problema. Puede resultar afanoso, sin duda. Pero en tiempos políticamente adversos tiene infinitamente más valor el modesto descubrimiento de una posible rendija que la constatación de mil certezas. Tener la certeza de que algo ha terminado nos permite el lujo de la tranquilidad que produce la despedida de lo que no pudo ser. Pero en nuestro país no estamos para lujos. Por lo que fuimos, somos y seremos, y si de certezas hablamos, llevamos buen tiempo planteando que hay que comenzar de nuevo, con la seguridad de saber que no comenzaremos desde cero.viii

No nos llamamos a engaño: cinco meses después de la agresión militar de un “centinela extranjero” que, más que arbitrar entre las partes, actúa como si fuera dueño y señor de los destinos de nuestra nación, sabemos que están en alza los análisis dedicados a hacer leña del árbol caído. No será la primera ni la última vez que tengamos que lidiar con interpretaciones cuya única función consiste en adornar el paisaje, incapaces como son de comprender la naturaleza de las cosas.

Hay análisis que dan cuenta de una pasividad popular que traduciría resignación e impotencia. Se habla de un cierto desconcierto rayano en la estulticia y de un silencio muy parecido a la complicidad con la fuerza invasora. Entre muchos otros, un dato decisivo brilla por su ausencia, uno que nuestras clases populares comenzaron a identificar diez años atrás: la existencia de una profunda crisis de representación política. Una crisis de tales dimensiones que dificulta mirar más allá de lo evidente. Una crisis que impide observar la inconformidad allí donde se ve resignación, vitalidad donde se ve impotencia, certeza respecto de la necesidad imperiosa de luchar para recuperar nuestra independencia allí donde se ve desconcierto, un rumor popular que se extiende por todo el territorio allí donde solo se escucha el silencio.

Como nada en la vida, las crisis de representación política no son eternas. Si el pueblo venezolano ha sido desplazado de la escena, eso no le impedirá volver a ser protagonista. Ya decidirá qué ropajes usar, qué lenguaje emplear, qué símbolos enarbolar. Aquí hay memoria y hay lucha. Hay que escuchar los sonidos del silencio.

i Antonio Gramsci. Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno. Nueva Visión, Madrid, 1980. Pág. 61.

ii Reinaldo Iturriza López. El chavismo salvaje. El Colectivo, Buenos Aires, 2017. Págs. 307-309.

iii Antonio Gramsci. Cuadernos de la cárcel. Tomo 3. Era, México, 1984. C 8, § 36, 235-236. También: Antonio Gramsci. Cuadernos de la cárcel. Tomo 5. Era, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México, 1999. C 15, § 11, 118; C 15, § 62, 236; C 19, § 24, 387.

iv Gerardo Rojas. Chávez y la democracia socialista. Claves, reflexiones y evolución de sus propuestas. Cedes, Caracas, 2025. Págs. 72-73, 185.

v Hugo Chávez Frías. Líneas Estratégicas de Acción Política. PSUV, Caracas, 2011.

vi Reinaldo Iturriza López. El chavismo salvaje. El Colectivo, Buenos Aires, 2017. Págs. 332-333.

vii Reinaldo Iturriza López. El problema de la representación de las mayorías. Saber y poder, 20 de noviembre de 2023.

viii Reinaldo Iturriza López. Con gente como esta es posible comenzar de nuevo. Caracas, 2022.

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